4 de septiembre de 2011

D O L O R




Como pedirle a un invidente que me ayude a encontrar algo que ni yo misma consigo ver, como pedirle  a un sordomudo que me intente describir como suena lo último de mi cantante preferido, o como pedirle a un paralítico que corra cuando tiene tras de sí un peligro inminente, cuando mis piernas ni son capaces de responder ante mis peores miedos.
Como pedirle a una persona depresiva que me haga reir cuando ya ni reconoce el sonido de una carcajada.

No hay cosas imposibles, sólo difíciles de conseguir. Pero el secreto está en uno mismo, en querer y creer poder lograrlo.
Cuando vendes tu mente y tu cuerpo al diablo o a saber a qué personaje proyectado por tu contaminada mente llegas a un punto en el que estás perdido, sí aunque suene como una rendición absurda e irreparable, pero es que hay conductas que no se deben de realizar o por lo menos  repetir.
Nadie pero nadie está a salvo de sufrir, es más llego a pensar que el dolor puede llegar a ser rehabilitador, si sabes como manejarlo obviamente. Para mí lo ha sido. 
Una vida sin sufrimiento no es vida, como el dicho aquel, solo el que se cae sabe lo que es levantarse. 
Aún así como he dicho antes, hay conductas que no se deben de realizar o por lo menos no repetir, porque ante todo somos humanos, y como tal, aparte de ser débiles la incitación a hacer ciertas cosas siempre habitará debajo de nuestra piel, la curiosidad, la fascinación a... Pero después del dolor siempre tiene que aver un intento de alejamiento, ¿Qué menos no? No sé porque tenemos la desagradable costumbre a acomodarnos a él y a sus malas consecuencias, cuando su rehabilitación puede llegar a ser tan placentera.

Recuerdo cuando de niños nos regañaban al hacer nuestras travesuras, siempre queriéndo descubrir nuevos mundos, veíamos los dos agujeros de un enchufe a lo lejos e ibamos corriendo a ver que se escondía detrás de esos  boquetes. ¿Tal vez nos conduciría a la casita de Ratoncito Pérez? o a saber a dónde, pero como no sabíamos el alcance del peligro, no conocíamos lo que era el peligro, o mejor dicho no sabíamos deletrear la palabra P E L I G R O, ibamos con paso firme hacia nuestra pequeña aventura.
El final de la hazaña ya la conoceis de sobra, algunos terminan llorando, otros de morros, y muy pocos van entendiendo que esa aventurilla puede acarrear un peligro en sus vidas. 

A dónde quiero llegar con todo esto...
Ellos no conocen lo que es la vida, no saben jugar con el dolor, ni el dolor con ellos, sus mente aún no están activas. Pero sí están en la misma línea que nosotros ante el peligro de sufrirlo. Porque nosotros si estamos al tanto de todo, aunque llevemos un chute de golosinas de lady di, sí hemos sufrido, le hemos permitido al dolor que entrara en nuestras casas, le hemos sacado de nuestras vidas con billete de regreso, hemos sido testigos de como dicho dolor ha castigado a gente que amamos sin poder hacer NADA, nos hemos acomodado al dolor de tal manera que sólo viviamos por y para él.

Veo que seguimos queriéndo hurgar en esos boquetes, aún conociéndo el alcance del peligro...
No quiero dolor, y si lo sufro quiero luchar contra él, ni tampoco quiero personas que sigan acomodadas a él...