6 de enero de 2013

La luz que no quería ver.



Cansada de tenderme en la cama con una sonrisa, y levantarme entre miles de chillidos que no consigo, ni pretendo descifrar. Cansada de tanta mentira, cansada de no saber que es lo que me va a deparar, una vez comenzado el día. Con el temor de no saber soportarlo, o quizás de negarse a hacerlo.  Pensar, que aunque cueste creerlo, en medio de tantos gritos, pronto vendrán de nuevo las risas.  Miedo a abrir la puerta y no saber que encontrarme. 

No quiero salir de la cama, y con mis dedos recubro mis oídos para distraer mi atención, y  no inquietarme más; ya que los chillidos van adquiriendo una mayor dimensión. 
No puedo más y en medio de uno de mis impulsos, solté un -¡BASTA YA!- 
No puede ser que anoche se prometieran amor eterno y unas horas más tarde, no se acuerden de su promesa.

El reloj de cuco avisa de que son las nueve en punto, y eso consigue hacer un paréntesis, dando una tregua a los chillidos. Por una vez en mucho tiempo, eché de menos ese silencio que siempre dominaba la casa; acompañado solamente del tic tac del reloj, y del ruido producido por los pocos coches, que transcurren por la carretera contigua a la casa.

Respiré hondo e intenté calmarme. Seguía escondida en mi cama, con mi cabeza metida entre la sábana y la colcha. Sólo veía esa luz que provenía del exterior de mi habitación, a través del bajo de la puerta. 

No quería salir, no quería escuchar, no quería enterarme de  nada, sólo hacerme la dormida.

Y al final lo conseguí.