25 de marzo de 2012

El dilema de lo no tangible








En los días de lluvia como los de hoy es cuándo una cierta melancolía atrapa mi mente.
He de decir que no me gusta la lluvia, sólo cuando sus gotas son de la misma magnitud que mis lamentos. Esa sensación, ese ruido..., me otorga una cierta compañía entre tanto silencio que da de sí mi soledad.
Pero aún así, sigue sin convencerme del todo los días en los que pasa un coche a tu lado, conducido a gran velocidad y te salpica entera, en los que ves ensuciar los critales de tu casa, los mismos que el día anterior limpiaste con tanto esmero, en los que las miradas al cielo no cesan, y en los que la cantidad de cosas que puedes realizar en un día normal, se ve reducido a la mitad.

Hoy ha sido el día de mi regreso,  intento escaparme lo poco que puedo para enfundarme con mi gente. Esos pequeños ratos, son los que me hacen crecer y me hacen entender un poco más, el sentido de mi vida. Sigue siendo el escalón más alto de mi pirámide, el más inquebrantable, al que más tiempo dedico.
Me encantan esos momentos en los que un simple abrazo dice más que cualquier intento de ánimo. Me encanta rozar mi nariz con la de la persona que quiero, hasta conseguir acercarme a sus labios. Me encanta que me intimiden con la mirada, que me dejen sin saber que decir... No sé que haría sin esos pequeños momentos...

Por fin, la lluvia ha cesado en su intento de fastidiar mi día, no es que se vea el sol en todo su esplendor, pero poco a poco las nubes se van dividiéndo. No sólo es por la lluvia por lo que estoy así de tenue. 
Hay veces que crees haber conseguido algo y de repente te toca dar pasos atrás en esa pequeña búsqueda de la felicidad. Porque sí, es mi pequeño desafío personal.  


De repente oí un chasquido de llaves, y veo asomar tu carita por la puerta. Pero es tan grande eso que siento por ti, que me ruborizo al verte, sin poder seguir tu mirada.
Tu saludo llega a ser como un pequeño aliento, tu cercanía mi calmante, y tu intento por animarme lo mejor del día.
 Sé que tengo un defecto y del que me siento super orgullosa, nunca hay que sentir apatía por esas cosas que nos hacen tropezar.
 Doy mi vida al que se enamore de ella, y creo que es por el poco aprecio que nos tenemos ella y yo. Pero la experiencia nos hace sabios, o eso creo. Intento que mi desafío sea el ruborizarme con gente que tiemble al verme.
Pero supongo que aveces uno no siempre tiene lo que desea o imagina. Lo intengible debe pasar a un segundo plano, aunque sea lo más preciado ya que suele ser lo inalcanzable. Y no estamos para pensar en cosas utópicas, sino en cosas cercanas, cosas que nos hagan sentir, sea dolor o bienestar.
 Pero figuras de cuadro de pared, ¡no! Y digo esto porque después de intentar sacarme una sonrisa, no tardé ni un segundo en perderte de vista. Ahí estaba en el sofá, de nuevo con la misma rutina, siendo la lluvia y el silencio mis únicas compañías.
Sino tiemblas al verme, sino me miras cuando mis ojos llevan escrito más de lo que cualquiera pudiera darte, sino haces el mínimo intento de cogerme cuando ves que me caigo, sino echas de menos ni mis más absurdas tonterías. No vuelvas a pasar por esa puerta, aunque cada vez que la vea desee oir ese chasquido, aunque baje el volúmen de la televisión para cerciorarme de que es tu moto la que acaba de ser aparcada. Prefiero lo tangible, lo perceptible. No quiero más días de lluvia, quiero ver llover y no sentirme quebrantada, porque no es la lluvia, soy yo cuando te veo y no te veo a la vez.